Mariana Miyuki Velázquez el 01/10/2026
Desde pequeñas tenemos mentoras y mentores. Aprendemos rápido, observamos, preguntamos y nos preparamos para el mundo.
Pero pasan los años y nos convertimos en adultas a quienes nos gusta llamar “independientes”. Adultas que, prácticamente saliendo de la adolescencia, decidimos a qué nos queríamos dedicar el resto de nuestra vida y entramos a un mundo laboral para el que nadie nos preparó.
De verdad: nadie nos preparó.
En la universidad aprendimos a adquirir conocimientos para prevenir problemas, resolver conflictos, analizar riesgos, interpretar leyes y construir argumentos. Pero nadie nos explicó de qué iba realmente este mundo.
Las entrevistas de trabajo. Los salarios. La convivencia con compañeras y compañeros. La política corporativa. Cómo cotizar nuestros servicios. Cómo trabajar con terceros. Cómo entender las distintas personalidades dentro de un equipo. Cómo dirigir personas. Cómo negociar sin sentir que pedir más es “ser complicada”. Cómo atravesar la maternidad y regresar al mundo laboral mientras intentas entender quién eres ahora, con una pareja, una familia que crece y responsabilidades que parecen multiplicarse.
Y así podríamos seguir.
Hay todo un universo de habilidades que no vienen en los libros de Derecho y que, muchas veces, terminan siendo tan importantes para nuestra carrera como conocer perfectamente una ley o redactar un contrato.
Entonces, en algún punto del camino, descubres algo: alguien ya pasó por ahí.
Otra mujer ya estuvo sentada en esa junta donde no sabía si debía hablar. Ya negoció ese salario. Ya cometió ese error. Ya tuvo miedo de no estar lista para un puesto. Ya regresó de una incapacidad por maternidad preguntándose cómo volver a ocupar su espacio. Ya aprendió cuándo levantar la voz y cuándo guardar energía para una batalla que realmente valía la pena.
Y algunas no solamente recorrieron ese camino. También se encargaron de abrirlo un poco más para las que veníamos detrás.
Porque sí: hoy las abogadas tenemos oportunidades que hace quince o veinte años eran mucho menos frecuentes. Hoy vemos más socias de despacho, más directoras jurídicas, más juezas, más ministras y más mujeres ocupando espacios de decisión.
Eso no ocurrió solo.
Durante muchos años, gran parte de quienes crecimos profesionalmente aprendimos observando modelos de liderazgo construidos principalmente por hombres. Aprendimos de sus habilidades, de su forma de negociar, de dirigir equipos, de ocupar espacios y de ejercer autoridad. Y aprendimos muchísimo de ellos. Pero también crecimos, muchas veces sin cuestionarlo, entendiendo que esa era la manera correcta de liderar. No porque estuviera equivocada, sino porque venía desde otra perspectiva.
Ahí existe todavía un sesgo importante.
Porque las mujeres no necesariamente tenemos que dirigir, negociar o construir una carrera copiando modelos que fueron diseñados en contextos distintos a los nuestros. Hoy tenemos algo que generaciones anteriores tuvieron mucho menos: la posibilidad de ver a otras mujeres liderar.
Podemos aprender de mujeres que han encontrado su propia forma de ejercer autoridad, de negociar, de formar equipos, de poner límites, de construir una familia al mismo tiempo que una carrera, o incluso de decidir conscientemente que su historia será distinta.
Y eso cambia el foco.
Porque tener una mujer como referente no significa que tengamos que parecernos a ella. Significa entender que hay más de una manera de llegar.
Mujeres valientes y disruptivas pasaron años construyendo una carrera mientras aprendían, desde cero, todo aquello que nadie les había enseñado. Siendo la única voz femenina, no solo de la sala, sino del despacho o de la empresa.
Aprendieron las particularidades de las habilidades blandas. Aprendieron que no vamos a ganar todas las batallas. Que algunas veces nos van a llamar sensibles. Que habrá bromas sobre si “estamos en nuestros días”. Que una mujer segura puede seguir siendo percibida como agresiva mientras un hombre con exactamente la misma actitud es considerado un gran líder.
Y siguieron avanzando.
Muchas de esas mujeres tienen hoy una nueva misión: ser mentoras. Hacer que las generaciones que vienen detrás puedan recorrer ese camino de una manera un poco más sencilla. Que no duela tanto. Que no tengamos que aprender absolutamente todo por ensayo y error.
Que alguien pueda decirte que esa persona perfecta en la que crees que tienes que convertirte para crecer profesionalmente, en realidad, no existe. Y que probablemente no necesitas cambiar todo de ti.
Necesitas entender cuáles son tus virtudes, cuáles son tus áreas de oportunidad y cómo ponerlas al servicio del lugar al que quieres llegar.
Cada historia profesional es distinta. Cada carrera tiene sus propios tiempos, renuncias, decisiones y accidentes.
Por eso la mentoría no consiste en decirle a otra mujer qué hacer.
Consiste en acompañarla mientras descubre qué quiere hacer ella.
Es un espacio para poner las cosas en perspectiva, reconocer patrones, hacer preguntas incómodas, compartir errores, hablar de cosas que normalmente no aparecen en las conversaciones formales de una oficina y, muchas veces, recordar algo que el ritmo profesional puede hacernos olvidar: que sí se puede y que no estás sola.
Y que quizá una de las mejores formas de seguir abriendo espacios para las mujeres en el Derecho no sea únicamente llegar nosotras.
Sea voltear hacia atrás y extender la mano a la siguiente.
Tags: Mentoria Nuevos Caminos
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